Colnaghi Foundation Journal 02 - Page 139



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Rediscovering the Master of the Saint George and the Princess: new paintings
Rediscovering the Master of the Saint George and the Princess: new paintings
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SPA N I S H TEXT
Redescubriendo al Maestro del San Jorge y la Princesa: nuevas obras
ALB E RTO V ELASCO G O N ZÀ L EZ
El Maestro de San Jorge y la Princesa es una de las figuras más
enigmáticas de la pintura del tardogótico en la Corona de Aragón.
En el presente artículo presentaremos una serie de pinturas inéditas
de este maestro (algunas de las cuales han aparecido recientemente
en el mercado), así como otras conocidas pero aún no atribuidas a
él.1 Poco sabemos del pintor. Ni siquiera su nombre. Ni la ciudad
desde la que debió trabajar, aunque cabe suponer que debió ser
Zaragoza, la capital de Aragón. Sí sabemos, en cambio, que realizó
uno de sus encargos para el monasterio de San Pedro de Siresa
(Huesca), ubicado en pleno Pirineo. Conocemos también que
trabajó para la familia Cabrera, un importante linaje con orígenes
en Cataluña. Para un miembro de dicha estirpe realizó la obra que
da nombre al pintor, el retablo de San Jorge y la Princesa, del que
solamente conservamos un compartimento en el Museu Nacional
d’Art de Catalunya (fig. 1), aunque conocemos otros a través de
fotografías que fueron pasto de la llamas en un incendio acontecido
en 1945 en el Kaiser Friedrich Museum de Berlín. Y, finalmente,
sabemos que el Maestro de San Jorge y la Princesa es el autor de
una tabla de pequeñas dimensiones con la imagen del profeta
Daniel, hoy custodiada en el Museo del Prado. A partir de ahí, poco
más. O mejor dicho, nada más.
El lector se preguntará cómo un pintor de quien se sabe tan poco
y del que se conservan escasas obras puede considerarse uno de
los principales representantes del último gótico en la Corona de
Aragón. Es una muy buena pregunta que intentaremos responder
en las páginas que siguen. Y lo haremos a través de un breve
recorrido por el proceso historiográfico que ha llevado a ello, el
cual no se encuentra exento de una cierta mitificación del pintor y
de la célebre tabla que le dio nombre. Además, con la aportación
que presentamos pretendemos sumarnos al debate sobre el maestro
incorporando una serie de nuevas obras a su catálogo. Algunas de
ellas son completamente inéditas, nunca hasta ahora relacionadas
con el autor del retablo de San Jorge y la Princesa. Otras, a pesar
de haberse publicado, tampoco se habían incluído en el catálogo
de dicho artista. En otras palabras, este ensayo se centrará en
trabajos que hasta ahora han recibido poca atención y que han
sido vinculados en términos generales a otros pintores del mismo
entorno. Así las cosas, el acrecentamiento resultante del catálogo
de obras del Maestro de San Jorge y la Princesa aclarará nuestra
visión de su figura y proporcionará una mejor comprensión de su
trayectoria y relevancia.
De Jaime Huguet al Maestro de San Jorge y la Princesa
El 11 de julio de 1923 la Junta de Museos de Barcelona cedió al
coleccionista Emili Cabot (1854-1924) un jarra catalana de vidrio
esmaltado del siglo XVI y 20.000 pesetas, y a cambio la institución
recibió una tabla pintada del siglo XV con la representación de San
Jorge y la Princesa (Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya,
inv. 15868) (fig. 1). La pintura se atribuia en ese momento al pintor
Jaume Huguet (doc. 1412-1492), y hasta ese momento había sido
propiedad del coleccionista.2 Se trata de una operación insólita que
debe entenderse en un momento muy concreto del coleccionismo
catalán de inicios del siglo XX. Por un lado, Huguet se estaba
configurando en la historiografía como el gran pintor catalán del
siglo XV, en el marco de un fenómeno cultural donde la época
medieval causaba sensación entre las élites culturales catalanas.3
Del otro, los vidrios esmaltados catalanes del siglo XVI, de gran
belleza y perfección técnica, eran especialmente valorados por
coleccionistas catalanes y extranjeros, y Cabot era uno de ellos.
La jarra en cuestión había salido a la venta en París, y la Junta de
Museos la adquirió al anticuario que la había comprado para así
poder satisfacer el afán de posesión de Cabot. Este último, por
su parte, entregaba a la Junta una pintura gótica con una cierta
fortuna entre los círculos eruditos barceloneses del momento,4 y
que colmaba los deseos de un organismo que tenía una política de
adquisiciones especialmente focalizada a la adquisición de grandes
obras del arte medieval catalán.
Con el paso del tiempo, la tabla fue ganando prestigio entre los
especialistas y se convirtió en una obra especialmente representativa
de Jaume Huguet. Tanto el tema, basado en una leyenda muy
difundida popularmente en la Corona de Aragón, como la
dedicación al santo patrón de Cataluña, así lo fomentaron. Lo
acabó de adobar la peculiar estética de la obra, con esa apariencia
inacabada donde contrastan las dos cabezas de los personajes, que se
funden en una melancólica mirada que suena a despedida antes de
la batalla, o a premio después de ella. Un caballero medieval y una
princesa. La viva imagen de una época gloriosa en tierras catalanas
y de buena parte de lo que representaba para algunos el período
medieval: lo caballeresco y el amor cortés. La particular percepción
que se tenía de la obra ayudó a que sobre la tabla se creáse una
aura casi mítica que la convirtió en una de las obras más difundidas,
reproducidas y representativas de la pintura gótica catalana.5 Y
qué duda cabe, en uno de los iconos del Museu Nacional d’Art de
Catalunya. Su fortuna historiográfica ha sido excepcional, y debe
remarcarse que es una de las pocas pinturas hispanas que tienen un
libro monográfico para ella sola, un trabajo que la analiza desde
diferentes puntos de vista.6
El San Jorge y la Princesa es el compartimento principal de un
retablo fragmentado en el siglo XIX y del que sobrevivieron otros
compartimentos en el Museo Kaiser Friederich de Berlín hasta
1945, cuando fueron destruidos por un incendio que afectó el
museo. Se desconoce la procedencia del conjunto, pero en el pasado
se especulaba con un origen aragonés por las similitudes con obras
de pintores como Martín de Soria, y por una tradición del mercado
de antigüedades que decía que procedía del área de Roda de
Isábena (Huesca).7 La relación entre la tabla de Barcelona y las de
Berlín fue propuesta por Bertaux, justo en el momento de atribuirlas
a Jaume Huguet, y consideró que las tres podían haber formado
parte de un tríptico.8 Los dos compartimentos de Berlín mostraban
a los donantes de la obra, un hombre y una mujer de ecos eyckianos,
junto a San Juan Bautista y San Luis de Toulouse, respectivamente
(fig. 2).9 En el reverso, San Pedro y San Juan Evangelista, en el
primero; y San Pablo y Santiago o San Juan Bautista, en el segundo,
todos ellos en grisalla (fig. 3).10
En la monografía que Benjamin Rowland dedicó a Huguet en
1932, la tabla con el San Jorge y la Princesa, así como las de Berlín,
ya se presentaban de forma definitiva como parte del catálogo del
pintor catalán.11 Con todo, la consolidación de esos fragmentos de
retablo como obra fundamental del catálogo de Huguet llegó con
la monografía que Josep Gudiol Ricart y Joan Ainaud de Lasarte
dedicaron al maestro en 1948, libro en que el retablo del San Jorge
y la Princesa pasó a ser el eje central del período aragonés del
pintor, con una serie de otras pinturas agrupadas a su alrededor.
Sin embargo, la literatura reciente sobre este grupo de trabajos ha
establecido que fueron realizados por distintos maestros.12
El periplo aragonés de Jaume Huguet era una novedad en la
historiografía del artista, y su formulación condicionó el estudio
de la pintura aragonesa en las décadas siguientes. 13 Las relaciones
formales entre la pintura aragonesa y catalana del tardogótico han
llamado la atención de los especialistas desde hace tiempo, aunque
debe decirse que durante buena parte del siglo XX prevaleció un
paradigma interpretativo equivocado – o al menos mal enfocado.
De esta forma, se consideró que Huguet influyó decisivamente
en un nutrido grupo de pintores activos en Zaragoza y Huesca
a través de las obras que realizó en Aragón. Esto le llevó casi a
ser historiográficamente canonizado, pues se le presentó en el eje
principal de la pintura en Cataluña en la segunda mitad del siglo
XV, y se ubicó bajo su influencia a una gran proporción de los
pintores activos en Aragón en esa época. Como podemos ver, la
propuesta no solo implicaba atribuir una serie de obras a Huguet,
sino que suponía suponer que una buena parte de la pintura
aragonesa de la segunda mitad del siglo XV dependía de él.
Hoy en día, esta hipótesis ha quedado en el camino y, por tanto,
debe relativizarse la influencia de Huguet sobre pintores como Pere
García de Benavarri, Tomás Giner, los hermanos Zahortiga (Martín
y Nicolás), Martín de Soria, Bernardo de Arás, los Maestros de
Belmonte y Morata, o Juan de la Abadía, ya que las similitudes de
su trabajo con el del gran maestro catalán deben ser explicadas por
otras vías. Este grupo de artistas, relativamente homogéneo desde
el punto de vista estilístico, se agrupó bajo denominaciones como la
de “corriente o estilo naturalista” o “seguidores de Jaume Huguet
en Aragón”. Se diferenciaron, además, de un segundo grupo
formado por pintores alineados con el arte de Bartolomé Bermejo y
las propuestas de influencia nórdica, como Martín Bernat, Miguel
Ximénez o Pedro Díaz de Oviedo, que fueron incluidos dentro
de la corriente hispanoflamenca. Un tercer grupo – en realidad,
una amalgama de los otros dos – apareció en la historiografía,
representado por pintores de Calatayud como Juan Rius o Domingo
Ram.14
Pero el tiempo acabó poniendo todo en su sitio y, finalmente,
se demostró lo que ya había supuesto Post en 1938, y afirmado
con más contundencia en 1941: que el retablo de San Jorge y la
Princesa no era obra de Jaume Huguet, sino de un pintor aragonés
conectado estilísticamente, eso sí, con el contexto catalán. El
especialista norteamericano la atribuyó equívocamente a Martín
de Soria, un maestro documentado en Zaragoza entre 1449 y
1487.15 Hay que reconocer que su propuesta no tuvo seguimiento
en años sucesivos, pero aunque no acertase del todo, al profesor
de Harvard hay que reconocerle el mérito de haber intuido el
origen aragonés del pintor. Quien retomó la senda de Post fue
Joan Sureda, que en 1991 propuso retirar del catálogo de Huguet
las obras aragonesas y el retablo del San Jorge y la Princesa.16
Con todo, en la monografia que dedicó al artista en 1994 prefirió
mantener esta última entre los trabajos del maestro, en base a un
supuesto viaje italiano.17 El año anterior, Joan Ainaud de Lasarte

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