Inmersion Profetas NTV - Page 298



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J erem í as
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la guardia, había dejado con Gedalías. El profeta Jeremías y Baruc también
fueron incluidos. El pueblo rehusó obedecer la voz del Señor y se fue a
Egipto hasta la ciudad de Tafnes.
En Tafnes, el Señor le dio otro mensaje a Jeremías. Le dijo: «A la vista de
toda la gente de Judá, toma unas piedras grandes y entiérralas debajo de las
piedras del pavimento a la entrada del palacio del faraón aquí en Tafnes.
Luego dile al pueblo de Judá: “Esto dice el Señor de los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel: ‘Les aseguro que traeré a mi siervo Nabucodonosor, rey
de Babilonia, aquí a Egipto. Estableceré su trono sobre estas piedras que he
escondido. Sobre ellas extenderá su dosel real y cuando venga, destruirá la
tierra de Egipto. Traerá muerte a los destinados a la muerte, cautiverio a los
destinados al cautiverio y guerra a los destinados a la guerra. Prenderá fuego
a los templos de los dioses egipcios; quemará los templos y se llevará los
ídolos como botín. Limpiará la tierra de Egipto como un pastor que limpia
su manto de pulgas, pero él saldrá ileso. Derribará las columnas sagradas
que están en el templo al sol en Egipto, y reducirá a cenizas los templos de
los dioses de Egipto’”».
Este es el mensaje que recibió Jeremías con relación a los judíos que vivían
en el norte de Egipto, en las ciudades de Migdol, Tafnes y Menfis y también en el sur de Egipto. «Esto dice el Señor de los Ejércitos Celestiales,
Dios de Israel: ustedes vieron las calamidades que traje sobre Jerusalén y
sobre todas las ciudades de Judá. Ahora están abandonadas y en ruinas.
Ellos provocaron mi enojo con toda su perversidad. Quemaban incienso
y rendían culto a otros dioses, dioses que ni ellos ni ustedes ni ninguno de
sus antepasados conocieron.
»Una y otra vez envié a mis siervos, los profetas, para rogarles: “No
hagan estas cosas horribles que tanto detesto”, pero mi pueblo no quiso
escucharme ni apartarse de su conducta perversa. Siguieron quemando
incienso a esos dioses. Por eso mi furia se desbordó y cayó como fuego
sobre las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, que hasta hoy son
unas ruinas desoladas.
»Ahora, el Señor Dios de los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel, les
pregunta: ¿por qué se destruyen ustedes mismos? Pues ninguno de ustedes sobrevivirá: ningún hombre, mujer o niño de entre ustedes que haya
venido aquí desde Judá, ni siquiera los bebés que llevan en brazos. ¿Por qué
provocan mi enojo quemando incienso a ídolos que ustedes han hecho
aquí en Egipto? Lo único que lograrán es destruirse y hacerse a sí mismos





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